¿Te da miedo soltar el control?

Antes de mi entrenamiento actoral desconocía la cantidad de tensión que acumulaba mi cuerpo. Cuando escuchaba hablar de relajación pensaba en la tensión mental, la que hace referencia al estrés, la frustración o la ansiedad.
Sin embargo, empecé a prestar atención a mi cuerpo, su postura y la cantidad de energía innecesaria que empleaba en las tareas más sencillas y cotidianas del día a día. Llegué incluso a obsesionarme con el chequeo de mi cuerpo. El “observador” trabajaba en todo momento; pelando patatas, escribiendo en el ordenador, secándome el pelo, … era sorprendente la enorme cantidad de energía innecesaria que empleaba para realizar estas tareas tan sencillas. Incluso viendo la tele o tumbada me descubría con el cuerpo agarrotado, apretado, tenso.
Por ejemplo, si me estaba limpiando los dientes, me descubría con los hombros elevados, el estómago contraído y los ojos abiertos como platos. ¡¡No hace falta utilizar tantos músculos para lavarse los dientes!! Con los labios, la mandíbula, la muñeca de la mano que sostiene el cepillo es suficiente. Ni hombros, ni estómago, ni ojos, ni cejas…. No hace falta.
Visto lo visto, empecé a practicar estiramientos casi a diario y mejoré la tonicidad y la flexibilidad de mi cuerpo. Aumentó mi conciencia corporal.
Yo pensaba que mi cuerpo tenía una buena disponibilidad a la relajación, pero al parecer no era así, porque mi profesora seguía quejándose de la excesiva rigidez de mi cuerpo en escena.
Con el paso del tiempo me di cuenta de la escasa movilidad y conciencia que tenía sobre la parte inferior de mi cuerpo. La sensación era de absoluta desconexión. La parte superior de mi cuerpo era muy expresiva y rica en movimiento, mientras la parte inferior era rígida y torpe.
No sabía qué más hacer. Me estaba esforzando mucho. Pero no obtenía los resultados que deseaba. Me sentía torpe e incómoda en el escenario. No tenía el control de mi cuerpo. Mi cuerpo me controlaba a mí. 

Cambié de estrategia. ¿No me decían que me relajara? “Vamos a probar con un baño caliente”, pensé.
Fue bien. Lo pasé fatal. Pero descubrí lo que me pasaba. 

Acompañe el baño con música relajarte y me concentré en la información que me daban mis 5 sentidos. Noté como mis músculos se abandonaban al calor del agua, mi respiración se hizo más pausada, la frecuencia de mis pensamientos disminuyo, se dibujó una sonrisa en mis labios, bajé la guardia y de pronto una ola de calor me agarró el pecho y me retorció el estómago hasta cortarme la respiración. Mis ojos se tiñeron de miedo y mi cuerpo empezó a temblar. Se enfriaron mis manos y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Empecé a llorar. No entendía lo que me estaba pasando. Sentía el miedo en mi cuerpo. “¿Pero miedo a qué?”, pensé. “El agua apenas me cubre el cuerpo, no me puedo ahogar. Nunca he tenido miedo al agua. Estos es de locos”.

Me sentía muy triste. ¡¡Estaba llorando y no era capaz de parar!!
Me llevó un rato calmarme. estaba verdaderamente angustiada. Cuando recuperé el ritmo normal de respiración, salí del baño.
Sentada en la taza del water y enredada en la toalla la respuesta me llegó como caída del cielo; la relajación me conectaba con el miedo y la tristeza. Por eso mi cuerpo estaba siempre tenso y en permanente alerta aunque yo no fuera consciente de ello hasta ese momento. Mi cuerpo se protegía de esas dos emociones. Era un miedo que no sabía de dónde venía y una tristeza muy antigua que nunca antes había llorado.
Repetí esta experiencia durante varias semanas hasta lograr bañarme tranquila y relajada.
Aprendí mucho reconociendo mis tensiones. Me entrené a conciencia para aprender a liberarlas. Y fue lo mejor que pude hacer.
Te animo a ti a que hagas lo mismo. En mi caso funcionó con el baño. Puede que a ti te sirva el mismo ejercicio o puede que no. Quizá tengas que investigar distintos recursos hasta dar con la manera más adecuada de relajarte.
Pero pruébalo, de verdad. No sabes qué bien sienta. 

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